Muchas veces se ha calificado a la poesía de Alfredo Silva Estrada de conceptual y de poseer una tendencia filosófica. Sin negar que existe también esta veta dentro de su obra, creo que lo caracteriza mejor su fervoroso asombro ante los prodigios del mundo y, en correspondencia con ello, la brillante capacidad de darle forma jubilosa a esta percepción, de construir poemas de un virtuosismo composicional que no es gratuito, que no se agota en sí mismo, sino que nace del reverente homenaje a la poesía y al mundo. Hay un caso muy particular y notable que expresa de manera sugestiva lo que estoy diciendo. Se trata del conjunto de textos incluidos en la sección “Ofrendas” del libro Por los respiraderos del día, que recoge poemas escritos entre 1980 y 1992, textos que luego fueron incluidos en un sólo volumen por Monte Ávila Editores conjuntamente con los de En un momento dado, en el cual se encuentran poemas escritos entre 1989 y 1993.

Estas Ofrendas consisten en un juego –en el mejor y más alto sentido del término- intertextual, en el cual Alfredo Silva Estrada incorpora el poema “La Canción de Allá Arriba”, de Vicente Huidobro, “La Cruz del Sur”, de José Juan Tablada, y las “Ofrendas” propiamente dichas, las cuales, en sus cinco secciones, recrean una y otra vez los poemas mencionados, en un gozoso encuentro con la lengua, digna de los registros más lúdicos y creativos del Ulises de Joyce. El inacabable juego con los significantes va deconsruyendo y reconstruyendo un significado que se nos escapa una y otra vez, renovándose y ramificándose, hasta lograr una forma arquitectónica que se constituye en celebración de la poesía.
Ya en el inicio mismo del poema nos encontramos con un juego en el cual los dos versos de la primera estrofa son los títulos de los dos poemas ajenos, con una articulación que “hace eco”:
La Canción de Allá Arriba
hace eco en La Cruz del Sur

Los versos se repiten, se reformulan, lo que estaba al margen se coloca en el centro, y el cuerpo de los otros dos textos es reelaborado para crear un poema nuevo.
La pasión por el poema es expresada a través del trabajo de montaje, con combinaciones cada vez diferentes, tal como es la famosa “Construçao”, de Chico Buarque de Holanda, aunque en la obra de Silva Estrada el proceso es mucho más complejo, pero también menos musical.
Hay una apertura al mundo, y a la vez una apertura al poema. Los epítetos entran en diversas combinatorias y llevan a los elementos poetizados a situaciones antitéticas, expresadas con metáforas de gran fuerza visual.
Las diferencias se subrayan también. El pájaro del que habla Huidobro canta y está dentro de la cabeza del poeta; el pájaro del que habla Silva Estrada calla y está en el mundo. Luego de retomar textualmente el verso de Huidobro, Silva Estrada crea una nueva combinatoria, con una bella aliteración:
Los pájaros polares tienen plumaje de orquídea
y cantan todo el año en una jaula ambarina
en la cual ya se encuentran elementos del poema de Tablada también.
Silva Estrada repite, con reverencia, con amor, algunas de las estrofas de Tablada, pero las ubica en un contexto nuevo. Luego reescribe los versos en diversas variantes, para posteriormente retornar a algún verso de Huidobro, imprimiéndole así movimiento y vitalidad al texto, una vitalidad acaeciendo, transcurriendo. Las imágenes de los tres poetas se van entretejiendo y los versos ajenos van cruzando el umbral, que para Alfredo Silva Estrada ha sido tan importante a lo largo de toda su obra poética. Es, quizás, la máxima expresión de esa condición heracliteana que señaló Ludovico Silva en La torre de los ángeles, en relación a la escritura de Silva Estrada.
Las figuras de mujeres de recio erotismo del poema de José Juan Tablada son también retomadas en el texto de Silva Estrada, quien las coloca en otro espacio, asociando a ellas elementos tomados de Huidobro. La Reina del Alba de este último se transforma en Reina Albina, remitiendo a los monos albinos de Tablada. Huidobro, a su vez, expresa lo planetario, la totalidad, el movimiento, y dice:
Veo girar la tierra

Pero también el Zodíaco gira, segun Tablada:
El Zodíaco gira en la noche de fiebre amarilla
Silva Estrada, en su creatividad metaficcional, logra un conjunto de hazañas:
Veo girar la tierra
veo girar el Zodíaco en la noche de fiebre amarilla
nos dice, para luego, en una nueva variante combinatoria, agregar:
Veo girar las estaciones en la Rosa de los Vientos
y, finalmente, ve girar ese Zodíaco del que habló Tablada, pero en el contexto de su propio canto:
Veo girar el Zodíaco según el eje de la canción austral
En el largo texto que estamos revisando los poetas cantan, y sus dobles invertidos en el espejo también. Se trata de una polifonía, de un trío, de un proceso dialógico que demuestra el refinado dominio de Silva Estrada sobre su material, al cual va desplazando de un lugar a otro en el espacio textual, hasta finalmente cruzar el umbral que busca y asedia. De las voces de los tres poetas nace la canción que permite abrirse al mundo, más allá de la cosa en sí, mostrando las connotaciones posibles, como en un caleidoscopio, y ofreciéndonos la visión de un esplendoroso proceso de creación y la pasión que lo sustenta. Glosando el camino trazado por los otros dos poetas, Silva Estrada lo vuelve a trazar a su manera.
Voy a desarrollar un poco más largamente un ejemplo que nos permitirá explorar lo que he afirmado en este trabajo.
En el poema de Huidobro se dice:
y sueno mi clarín
hacia todos los mares

Silva Estrada, con lealtad, con audacia, pone en gerundio el verbo y hace de los dos versos uno sólo, llevándonos a sentir el hecho transcurriendo:
Clarín sonando hacia todos los mares
Luego, las imágenes creadas por los dos poetas se funden con las creadas por el tercero, por Tablada:
Orquídea clarín
caracol musicante
abismo indispensable de la canción axial
Estrada Silva continúa después las variantes en cuanto a la fusión de música y flor:
Música de pétalos sin perfume
verso que se contrapone a otro de Huidobro:
Por el camino de tu perfume
Una nueva música irrumpe cuando el texto de “Ofrendas” se traslada de los polos al ecuador:
resonando entre el ramaje del quino
con notas de pétalos sin perfume
El significante, que puede referirse a la música, pero también a la noche, se convierte
en el nocturno de la fiebre rojo-orquídea
dialogando con las mujeres de labios rojo-orquídea de Tablada y con su verso
El zodíaco gira en la noche de fiebre amarilla
hasta que esta vertiente culmina en la perfección absoluta del verso de Alfredo Silva Estrada, que completa brillantemente la construcción de esta línea temática de su poema:
He aquí mi clarín de nieve sonando en el Zodíaco

Y entonces, nuevamente, la creación propia surge en las relaciones oximorónicas que dinamizan el movimiento del texto, generando un ritmo que expresa la alegría amorosa por la existencia, el júbilo de aprehender la esencia poética del mundo.























